«Deuma afpule pun, mapuche mapu meu wengetuai itrovill monguen…»
Soñó otra vez con los caballos.
Subían por el sendero del río, el mismo por el que las mujeres bajaban con los cántaros, y el barro que a Levi le llegaba a los tobillos no los frenaba. Eran más altos que cualquier bestia del Mapu. Resoplaban vapor, tenían el blanco de los ojos a la vista y los cascos forrados de hierro, y encima de ellos iban los wingkas. No tenían cara. Donde debía estar la cara llevaban hierro, un hierro que chirriaba en las junturas cada vez que el jinete se inclinaba para cortar.
Levi nunca había visto un wingka. Los conocía por los que llegaban de la costa con las mantas rotas y la mirada quieta, y por los guerreros que volvían del norte con menos compañeros de los que se habían ido y pasaban días sin hablar. Al sueño le bastaba con eso. El resto lo ponía él.
Sonaba un trueno corto, sin nube que lo explicara, y un hombre caía lejos sin que nadie lo hubiera tocado. Ardían las rukas. La paja estaba empapada y ardía igual. Un soldado de barba arrastraba del pelo a una muchacha y se reía con la boca abierta, enseñando las encías. Pailallef estaba sentado contra el rewe, atravesado de lado a lado por algo largo que no dejaba de temblar, y tenía el kultrún en el regazo y las dos manos quietas sobre el cuero, y miraba a Levi como si fuera a pedirle agua. Junto al camino habían clavado cabezas en lanzas. Levi conocía esas caras. Había comido con ellas.
Después venía Loncopán.
Su hermano peleaba en el barro con la lanza de su padre. La punta de obsidiana se quebraba contra un pecho de metal, y Loncopán seguía con el asta rota, luego con el cuchillo, retrocediendo hacia un muro que un momento antes no estaba allí. Levi quería gritarle que mirara a su izquierda. No tenía voz. El caballo salía de la lluvia y Loncopán se volvía tarde. Las patas lo alcanzaban en el pecho. Lo hundían. El barro se cerraba sobre la cicatriz de su cara, sobre la boca abierta, y el caballo seguía pisando sin mirar lo que pisaba.
Levi despertó con el grito atravesado en la garganta.
La ruka estaba a oscuras. Olía a leña mojada, a cuero y a cuerpos que dormían demasiado juntos. La lluvia llevaba cuatro días golpeando la paja del techo con el mismo ritmo, y del fogón solo quedaba un ojo rojo entre la ceniza. Tenía la camisa pegada a la espalda y las manos le temblaban.
Algo tibio le tocó los dedos. Alón había levantado la cabeza y le lamía la mano sin hacer ruido. Levi le hundió los dedos en el pelaje áspero del cuello. Lo había sacado de un tronco hueco a la orilla del río después de una crecida, cuando el perro le cabía en una mano y temblaba más de lo que él temblaba ahora, y lo había traído a casa dentro de la camisa. Desde entonces Alón dormía contra sus pies y lo seguía a todas partes, aunque Levi le tirara piedras para que se quedara.
—¿Otra vez los caballos?
Kumiray no se había movido, pero tenía los ojos abiertos; Levi vio el rescoldo reflejado en ellos. Su madre dormía poco desde que habían empezado a llegar los de la costa.
—Estaban aquí —dijo Levi—. En el lof. Loncopán…
—Loncopán duerme en su ruka con la lanza al lado de la cabeza, como todas las noches. —Le pasó la mano por el pelo mojado de sudor. Tenía la palma dura de moler maíz y de tensar la lana en el witral, y un temblor leve en los dedos que Levi notó y fingió no notar—. Fue un sueño.
—Pailallef dice que los sueños avisan.
—Algunos avisan. Otros solo asustan.
—¿Y cómo se sabe cuál es cuál?
—Para eso está Pailallef.
Levi no contestó. Pailallef había cantado tres días y tres noches a la orilla del río cuando la crecida se llevó a su padre, y el río no había devuelto nada: ni el cuerpo, ni un jirón de su manta. Desde entonces Levi escuchaba los cantos del machi con la cara seria que se ponía para los viejos y la cabeza en otra parte. ¿Qué podía un canto contra un caballo? Nunca había visto a un espíritu desviar una lanza ni cerrar una herida. Había visto a Loncopán esperar a un huemul contra el viento media mañana sin mover un pie, y eso sí servía.
Y sin embargo, había tardes en el bosque en que se detenía sin saber por qué. Las sombras bajo los coihues más viejos se inclinaban hacia él, como la gente se inclina para escuchar a alguien que habla bajo, y Levi se quedaba quieto hasta que se le entumecían los pies, esperando algo que nunca llegaba. Eso no se lo había contado a nadie.
Kumiray se acomodó a su lado y, en voz muy baja, empezó a cantar.
Era la canción de la fiebre. Se la había cantado el invierno en que Levi tenía seis inviernos y ardió durante nueve días. Empezaba bajo, como el agua cuando todavía está lejos, y subía y bajaba entre las piedras:
Agua que bajas del monte,
llévate el calor del niño;
llévalo lejos, al mar,
que el mar no devuelve nada.
Eso era todo. La cantaba dos veces, y la segunda más despacio, y en el último verso bajaba tanto la voz que había que adivinarlo. Levi tenía doce inviernos. Era demasiado grande para esa canción, y los muchachos de su edad se habrían reído. No le pidió que parara.
Sobre el fogón estaba el witral de su madre, con una manta a medio tejer tensada entre los palos. En el travesaño de arriba, atado con un tiento de cuero, colgaba el chucao de madera que Levi había tallado a los nueve años con el cuchillo de Loncopán. Le había salido con la cola torcida y un ojo más grande que el otro, y Kumiray lo había colgado allí de todas formas, donde lo veía cada vez que pasaba la lanzadera. En la penumbra era solo un bulto. Levi lo miró hasta que la canción terminó.
—Duerme, Levipani.
Solo ella lo llamaba así, y solo cuando quería que algo le quedara adentro. El nombre se lo había puesto su padre: Levipani, el puma veloz. Lientur lo había dicho en voz alta a la orilla del río, con el hijo en brazos y los pies en el agua, para que el agua y la tierra lo oyeran, y después había dicho las palabras que se dicen en todos los nombramientos del lof. Después, un invierno, Lientur subió por ese mismo río a buscar a unos parientes, vino la crecida y no volvió.
A Levi le quedaba de él una sola imagen, y la cuidaba como se cuida una brasa: su padre alzándolo sobre los hombros junto al agua, las manos grandes cerradas en sus tobillos, la cara vuelta hacia arriba para mirarlo, riéndose, con el pelo mojado de salpicaduras. Nada más. No recordaba su voz. Solo esa cara riéndose y el ruido del río debajo.
—Aquí la tierra sabe quién eres —murmuró Kumiray, ya medio dormida. Eran las palabras del río, las del nombramiento—. No le tengas miedo a un sueño.
Levi no volvió a dormirse. Escuchó la lluvia hasta que dejó de oírla.
* * *
Por la mañana, la lluvia se había vuelto llovizna. Levi salió a orinar detrás de la ruka y encontró a Loncopán sentado bajo el alero de la suya, con la lanza de su padre cruzada sobre las rodillas, atando de nuevo la punta de obsidiana al asta con una tira de tendón mojado.
Su hermano tenía veinte inviernos y se movía como alguien mayor. La cicatriz le bajaba desde debajo del ojo izquierdo hasta la comisura de la boca, pálida contra la piel morena, y le tiraba un poco del labio cuando hablaba. Un arcabuz le había reventado cerca de la cara en una emboscada en los bosques de la costa; eso era todo lo que contaba, y cuando los niños le preguntaban más, él les preguntaba a su vez si ya habían traído la leña.
—Madre dice que gritaste —dijo Loncopán sin levantar la vista.
—No grité.
—Entonces gritó el perro. —Tensó el tendón con los dientes y lo anudó—. ¿Qué soñaste?
Levi pensó en mentir. Con Loncopán nunca le servía.
—Que un caballo te pisaba.
Loncopán se quedó mirando la punta de la lanza. Pasó el pulgar por el borde, despacio, sin cortarse.
—Los caballos no suben al bosque —dijo—. Se les enredan las patas en la quila y se quiebran las manos en las raíces. Nosotros vivimos en el bosque y ellos en el llano, y cada uno sabe por qué. —Levantó los ojos—. Si alguna vez ves uno, no corres hacia el llano, aunque parezca más fácil. Corres a la quila.
—¿Tú has visto muchos?
—Suficientes.
Le tendió el extremo del tendón para que lo sujetara mientras él daba la última vuelta. Levi lo sostuvo con fuerza, más de la necesaria. Cuando terminó, Loncopán le puso la mano en el hombro y lo apretó una vez, como apretaba el asta antes de lanzar, y se levantó para ir a ver a los hombres que reparaban la empalizada del corral.
Levi se quedó bajo el alero con el olor a tendón mojado en los dedos. En el sueño, el caballo había salido de la lluvia en pleno bosque.
* * *
Esa noche la lluvia volvió con más ganas, y Kumiray lo mandó con un atado de leña seca a la ruka de Painecura.
Le decían Painecura, piedra azul, por los ojos: con los años se le habían ido poniendo blancos y azulados, del color del hielo que se forma en los charcos al amanecer, y ya no veía más allá del fuego. Era el más viejo de los kimches, más que Ayllapangui, y en las noches de lluvia los niños se le metían en la ruka porque tenía el fogón más grande y porque sabía más epew que nadie. Levi había dejado de ir hacía dos inviernos. Ya no era un niño.
Cuando apartó la piel de la entrada, el viejo levantó la cara hacia el ruido.
—El hijo de Lientur —dijo—. Pisas como él, con el talón. Deja eso junto al fuego y cierra, que me dejas afuera el calor.
Había seis o siete niños en torno al fogón, los más chicos todavía con los mocos colgando, y se apretaron para hacerle sitio. Levi dejó la leña y se quedó de pie, junto a la puerta, con la espalda contra el poste, para que se viera que no había venido a escuchar.
—Cuéntalo otra vez —pidió una niña—. El de la piedra.
Painecura se tomó su tiempo. Echó una rama al fuego, esperó a que prendiera y habló hacia las llamas, como si ellas también estuvieran escuchando.
—Esto pasó cuando las montañas todavía caminaban, cuando el Mapu era joven y no sabía aún dónde poner los ríos. Eso dicen. Había un lof en la falda del monte, y arriba, en el monte, había una piedra. Tenía un cuenco en la frente, así, como hace la mano cuando uno pide agua. Y la gente del lof, cuando le pesaba una pena, subía. El que había perdido un hijo subía. La que había perdido al marido subía. Se arrodillaban, lloraban en el cuenco de la piedra, y la piedra se lo tomaba todo, y bajaban livianos, como bajan los que dejaron la carga en el camino. Eso dicen.
»La gente estaba agradecida. Le subían chicha. Le subían piñones. Le decían: piedra buena, piedra que nos alivia.
»Pero lo que come pena aprende el sabor de lo que la pena rodea. —El viejo se pasó la lengua por las encías—. Primero se comió el llanto por el hijo. Después se comió la cara del hijo. Después se comió su nombre. Y la madre bajaba liviana, liviana, y ya no sabía a qué había subido.
»Llegó un invierno en que nadie en el lof se acordaba de sus muertos. Nadie decía sus nombres junto al fuego. Y los muertos, como nadie los nombraba, no encontraron el camino hacia arriba. Se quedaron entre los árboles, hechos de humo, sin cara. Andaban de noche buscando quién los llamara, y nadie los llamaba. Eso dicen.
»En ese lof había una tejedora. Se le habían muerto los hijos, tres, uno cada invierno, y nunca subió su pena a la piedra. Le decían: sube, mujer, deja eso, anda liviana. Ella decía: no. Es mía.
»Esa tejedora subió al monte. Y sobre la piedra dibujó el orden del mundo, los cuatro lados, el sol y la luna, como se pinta en el kultrún, para que la piedra se acordara de su lugar. Porque dicen que la piedra era la tapa de algo. Una puerta. Y que lo que comía estaba del otro lado. —Painecura levantó un dedo, y los niños se callaron aunque nadie hablaba—. Después se paró delante y dijo los nombres. Los de sus hijos, primero. Después los de todos los muertos del lof que ella recordaba. Y la gente que la había seguido, al oírla, se fue acordando, y le decían otros nombres, y ella los decía. Con cada nombre, la piedra se enfriaba. Con cada nombre, se cerraba un poco. Hasta que se cerró.
»La puerta se cerró con nombres. Eso dicen.
»Y la tejedora dejó el cuenco vacío, ahí en el medio, para que nadie olvide que tiene hambre. Desde entonces nadie sube.
El fuego crepitó. Un niño chico se había dormido contra el hombro de su hermana.
—¿Y los muertos de humo? —preguntó la niña.
—Subieron. Ya tenían nombre. —Painecura volvió los ojos blancos hacia donde estaban los niños, más o menos—. Lo que no tiene nombre no puede con lo que la tierra nombra. Por eso decimos los nombres de los muertos. No es por ellos. Es por nosotros.
Levi se despegó del poste. Un cuento para que los niños no subieran al monte, eso era, como el del ngürü que se come a los que se alejan del fuego o el del río que se lleva a los que se bañan solos. Pailallef había dicho el nombre de su padre tres días y tres noches a la orilla del agua, a gritos al final, y el agua había seguido pasando igual. Los nombres no hacían nada. Los decía uno para no oír el ruido del agua.
—Buenas noches, abuelo —dijo, y salió a la lluvia antes de que el viejo le contestara.
Le pareció que Painecura había vuelto la cara hacia la puerta. Con esos ojos no se sabía.
* * *
La lluvia amainó al tercer día, lo justo para que las mujeres se atrevieran a salir. Con el barro tragándose los rastros, los hombres apenas cazaban, y el lof comía lo que el bosque soltaba a quien sabía pedírselo.
Kumiray sabía. Levi la seguía con el canasto por un sendero que él no habría encontrado solo, y la miraba apartar el musgo con dos dedos para descubrir los changles anaranjados, o hundir la punta de un palo en la tierra justo donde había una raíz gruesa que valía la pena. Ella no buscaba: iba directo. Olía el aire antes de doblar hacia un arroyo. Se detenía cuando un pájaro dejaba de cantar y esperaba a saber por qué. Levi había nacido en ese bosque y todavía se perdía cuando la niebla bajaba; Kumiray parecía no haberse perdido nunca.
Bajaron hasta un estero que la lluvia había convertido en un río pardo. Del otro lado crecía un matorral de quilas y coligües tan cerrado que parecía una pared. Un chucao cantaba en alguna parte, a la derecha, con ese grito corto que suena a risa.
Kumiray se detuvo con un pie todavía levantado.
Levi se quedó quieto antes de entender por qué. El chucao se calló. El agua seguía corriendo, pero de pronto el ruido parecía venir de lejos.
Entonces llegó el olor, un almizcle más espeso y más salvaje que el de cualquier gato montés. A Levi se le erizó la nuca.
Los helechos del otro lado del estero se abrieron y salió una hembra de puma.
Era tan larga como Loncopán tendido junto al fuego, y más, contando la cola. El pelaje, oscuro de agua, se le pegaba a los músculos de los hombros, y caminaba sin hacer ruido sobre las hojas mojadas. Detrás de ella salieron dos cachorros moteados, torpes, que tropezaron uno con otro y se quedaron sentados en la orilla.
La puma levantó la cabeza y miró a Levi.
No a Kumiray, que estaba más cerca. A él. Tenía los ojos del color de la resina a contraluz, y en ellos no había miedo ni rabia. Lo miró como Loncopán miraba una punta de lanza antes de atarla: despacio, buscando la falla.
Levi no respiraba. Oyó a su madre a su lado, o la sintió: la mano derecha cerrada sobre el mango del cuchillo de hueso que llevaba al cinto, tan fuerte que los nudillos se le habían puesto pálidos. No lo sacó. Sacarlo habría sido una pregunta, y ninguno de los dos quería oír la respuesta. El estero no era ancho. Un salto de la puma lo cruzaba.
Pasó un latido, y otro. El agua corría entre ellos. Levi sintió que algo se tendía entre sus ojos y los del animal, algo delgado y tenso, como un sedal en el momento en que el pez todavía no decide si tira o se suelta.
La puma parpadeó, despacio, una vez. Luego se dio la vuelta, rozó los helechos con la cola y se fue por donde había venido. Los cachorros la siguieron a tropezones. Todavía quedó el olor un tiempo. Después, solo tierra mojada.
Kumiray soltó el aire en un silbido largo. Le puso a Levi una mano en el hombro, pesada, y la dejó ahí.
—El pangi te ha visto —dijo.
—Nos vio a los dos.
—Te miró a ti. —Kumiray seguía mirando los helechos, donde ya no había nada—. Tu padre te dio el nombre del puma. Hoy vino a ver si lo merecías.
Levi quiso decir que era un animal, que los pumas miran, que no significaba nada. Abrió la boca para decirlo. El chucao volvió a cantar, esta vez a la izquierda, y Levi la cerró.
Llenaron el canasto en silencio. En todo el camino de vuelta, su madre no le soltó el hombro más que para pasar los troncos caídos.
* * *
Esa tarde, Kumiray contó el encuentro frente a la ruka de Ayllapangui, donde los kimches se sentaban cuando no llovía. Lo contó sin adornos, como contaba cuántos sacos de piñones quedaban en la despensa, y cuando terminó se oía gotear el alero.
Levi estaba de pie detrás de ella, con Alón pegado a las piernas. No le gustaba que lo miraran tantos viejos a la vez.
No lo miraban todos. La vieja Llanka, sentada en el extremo del tronco, con la manta hasta la barbilla y las manos nudosas quietas en el regazo, miraba a Kumiray. La había mirado todo el rato, mientras hablaba, sin parpadear, con la boca hundida y apretada, como se mira a alguien que te debe algo y hace como que no se acuerda. Kumiray no se volvió hacia ella ni una vez. Levi no entendía qué podía deberle su madre a esa vieja, que en invierno siempre se sentaba en el sitio más alejado del fuego aunque nadie se lo mandara.
—Hembra con cría —dijo al fin Painecura, con los ojos blancos vueltos hacia el ruido del alero—. Una hembra con cría no se deja ver. Si se dejó ver, fue porque quiso.
Nadie añadió nada durante un rato.
—Para cuidarlo —dijo otro de los viejos.
—Para cuidarlo —repitió Painecura, y asintió.
Pailallef estaba sentado un poco aparte, con el kultrún en el regazo, y rozaba el cuero con la punta de los dedos sin llegar a golpearlo. Tenía los ojos puestos en Levi. No en Kumiray, que hablaba, ni en los viejos. En él. Levi le sostuvo la mirada un momento y después se fijó en el barro de sus propios pies.
—¿De qué lado cantaba el chucao? —preguntó Pailallef.
—De la derecha —dijo Levi—. Antes.
—¿Y después?
Levi dudó. Lo sabía. Lo había sabido desde el estero, lo había oído, lo había guardado. Él, que se reía por lo bajo de los cantos del machi, había estado esperando de qué lado cantaba el pájaro.
—De la izquierda.
Pailallef asintió despacio y volvió a rozar el cuero del kultrún. No dijo qué significaba. En el lof cada uno lo contaba a su manera: que la izquierda era mala, que la izquierda era buena si uno iba de caza, que dependía de hacia dónde miraba el que lo oía. El machi no contó ninguna.
Millanao se removió sobre su piel de guanaco. Era el más cauteloso de los dos lonkos del lof, un hombre que hablaba poco y siempre después de los demás, y cuando lo hacía los demás se callaban.
—Que un espíritu te mire no es siempre un regalo —dijo—. Uno queda marcado. Y los wekufes también ven esas marcas.
Nadie le contestó. Painecura dejó de asentir. Kumiray puso la mano en la nuca de Levi, y él sintió que la tenía sin calor, como se le quedaban las manos cuando pasaba mucho rato lavando lana en el estero.
Al levantarse para irse, Levi vio que la vieja Llanka seguía mirando a su madre. Kumiray pasó por su lado, a un paso, y la vieja escupió en el barro, cerca de sus pies, sin fuerza, como se escupe una cáscara. Kumiray no se detuvo.
—¿Qué le pasa a esa? —preguntó Levi, cuando ya no podían oírlos.
—Es vieja —dijo su madre—. Le duelen los huesos.
Levi pensó que eran viejos asustando a un niño, como siempre, y viejas que escupían por nada. Pensó en decirlo. Pero todavía tenía en los ojos los ojos de la puma, y en el pecho ese hilo tenso que no se había cortado del todo cuando el animal se fue. Se dejó llevar de vuelta a la ruka sin abrir la boca.
* * *
Esa noche no llovió. Por primera vez en muchos días, el silencio del techo lo despertó.
La ruka estaba quieta. Kumiray respiraba hondo a su lado, y en el travesaño del witral el chucao de madera era una mancha más oscura contra la oscuridad. Alón dormía contra sus pies. Levi se quedó mirando el agujero del humo, por donde se veía un pedazo de cielo raído, con dos estrellas, y esperó el sueño.
En cambio, sintió otra cosa.
Venía de abajo. Del piso de tierra apisonada bajo las pieles y, más hondo todavía, del barro. Era delgado y frío, como una raíz cuando uno tira de una planta y siente que no termina nunca, que va más hondo de lo que la planta tiene derecho a llegar. Estaba tenso. Y tiraba.
Tiraba de algo más adentro que el cuerpo, del lugar donde uno siente que le falta el aire antes de llorar. Tiraba hacia afuera de la ruka, más allá de la empalizada del corral, hacia el bosque de arriba, donde el monte se cerraba y los viejos no dejaban ir a los niños.
Levi apoyó la palma en la tierra. El frío le subió por la muñeca.
Se levantó.
Se dijo que solo iba a mirar el monte desde la puerta, y mientras se lo decía se echó la manta a los hombros y dio dos pasos hacia la entrada, descalzo, pisando donde sabía que no crujía nada. La hebra tiraba sin prisa, con la paciencia de una raíz. Levi dio un tercer paso.
Alón se le cruzó delante.
No lo había oído levantarse. El perro estaba entre él y la piel de la entrada, con las patas abiertas, el lomo erizado desde la nuca hasta la cola, y gruñía. No a Levi. Tenía el hocico contra la rendija de la piel, donde entraba un hilo de aire de la noche, y gruñía hacia afuera, bajo y seguido, un gruñido que Levi no le había oído nunca.
Levi apartó la piel con dos dedos.
Afuera, el barro del lof brillaba apenas bajo el cielo raído. Más allá del corral, donde empezaba la subida y el monte se volvía una sola masa negra, había algo sentado. Pequeño, gris, con las orejas altas. Un zorro. Estaba quieto en el borde del bosque, de cara a la ruka, y Levi supo, sin poder ver sus ojos, que lo miraba a él.
La hebra tiró.
—Levipani.
La voz de su madre, a su espalda, ronca de sueño. Levi soltó la piel. Se quedó con la mano en el aire un momento, con el zorro todavía en los ojos y el frío subiéndole por las plantas de los pies.
—Salí a orinar —dijo.
Kumiray no contestó. Levi volvió a tenderse junto a ella y se tapó hasta la cabeza. Alón no volvió a sus pies. Se quedó echado en la entrada, con el hocico contra la rendija, y cada tanto gruñía.
Al amanecer, en el barro frente a la ruka, había huellas de zorro. Llegaban hasta la piel de la entrada, daban una vuelta y volvían hacia el monte.
* * *
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